16/05/2012 08:29:55

Espacios públicos

Ya decía Sartre que el infierno es el otro, y todas las teorías llenas de caridad, y todos los discursos bienintencionados, y todo el voluntarismo dialéctico choca con una realidad incontrovertible: los emigrantes han acaparado los espacios públicos. De repente, las madres, los abuelos españoles, los adolescentes, han comenzado a sentir una especie de rechazo a los parques y jardines de las ciudades, y ya no los visitan o lo hacen con una asiduidad visiblemente espaciada. Al mismo tiempo, los emigrante -¡qué rara coincidencia!- parece que han descubierto los enormes atractivos de estos lugares, y basta penetrar en estos recintos para comprobar que un altísimo porcentaje de los que allí están no son españoles de origen.

Existe una explicación benevolente que lo achaca a que los aborígenes habitan en pisos más confortables, y que eso les impele a salir menos de sus casa, pero antes de que los emigrantes alcanzaran el diez por ciento del padrón, vivían en las mismas casas, tenían parecidas comodidades y, en cambio, salían a menudo a pasear. Hay otra explicación, tan discutible como la anterior, que achacaría esta especie de huída a un rechazo por los que nos visitan.



Hablo sin prejuicios de ninguna especie, porque los dos últimos años de senilidad severa de mi padre se hicieron llevaderos gracias a la paciencia y cariño de dos de estos emigrantes, pero constato una realidad fácilmente comprobable, y es esta ocupación de facto, que podría leerse -yo lo hago- como un signo evidente de discriminación. Discriminación, por cierto, que es también ejercida por los discriminados, y observo con frecuencia que los marroquíes no se mezclan con los iberoamericanos, ni estos con rumanos y polacos. Somos una consecuencia del mestizaje, pero han pasado cientos de miles de años. La mezcla social es difícil, y lo es incluso en una misma familia. El hecho está ahí, delante de nuestros ojos, basta un paseo por el parque local para darte cuenta de que los que patinan, juegan al baloncesto, corren o se sientan sobre la hierba, no son del mismo Calatayud, ni sus padres de Salamanca.

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